III. LA PREDICACIÓN REDENTORISTA:

LA RESPUESTA DEL PECADOR AL AMOR DE DIOS:
EL ARREPENTIMIENTO Y LA CONVERSIÓN.

 

Cuando hemos descubierto el gran amor que Dios nos tiene ¿Qué debemos hacer? El hombre pecador que se siente tocado por esta experiencia de amor misericordioso no puede quedarse indiferente. Hay que responder al Señor y la mejor manera de hacerlo es por medio del arrepentimiento y la conversión.

El arrepentimiento es el humilde conocimiento de sí mismo, contrario al orgullo, que es la raíz profunda de todo pecado. Es reconocer los amargos efectos del pecado, saber que se ha sido esclavo y que esto ha impedido que el Señor reine en el corazón. Es experimentar el daño contra la totalidad; es cuando se experimenta ruptura consigo mismo, con los propios valores. Arrepentirse, significa la plena conciencia de la maldad que se puede llegar a realizar, pero es también el arrojarse a los brazos bondadosos de Dios. Entonces, el pecador arrepentido se agarra firmemente a su dolor y es, cuando por éste, que el pecador comprende cuán insondable es la bondad de Dios que se ha revelado a nosotros como Padre amoroso.

El arrepentimiento activa las fuerzas vitales de la fe y la esperanza. En el arrepentimiento, el pecador hace frente a los oscuros poderes que le empujan para que consiga orientarse de nuevo. El arrepentimiento abre nuevos horizontes a la libertad creadora y al renacimiento por la gracia. Por medio del arrepentimiento nos unimos al Dios Santo, que en la cruz de Jesús, nos demuestra cuánto nos ha amado. El arrepentimiento es, entonces, la disposición básica del creyente para el progreso.

Dios quiere que a Él lo reconozcamos como Padre y a los demás como hermanos y hermanas; quiere que reconozcamos nuestro pecado y así, arrepentirnos de no haber sido fieles a su amor. Como dice san Alfonso: “Sin acordarme de Ti, Jesús, no viviría, pero mucho te olvidé en el pasado sin advertir que grande desventura supone el ofenderte. Ahora lloro, Señor, por mi ignorancia, pero más todavía por ese amor que nos has manifestado y que yo desprecié”.

En fin, el arrepentimiento llega a lo más hondo del corazón y en él se percibe lo ingrato que se ha sido con Dios. Dice san Alfonso: “la gente es tan cumplida socialmente, que si alguien recibe una visita, un regalo u otra prueba de afecto, se siente como forzada a corresponder. Pero somos tan ingratos contigo, que te das a nosotros, y solo respondemos con olvidos y ofensas”. Sin embargo, queda el consuelo que Dios mismo trae. Como dice el profeta Oseas (14,2-9) “Arrepiéntanse y acérquense al Señor para decirle: perdona nuestras maldades”. Y todo en la convicción que Dios mismo asegura para sus hijos e hijas: “Yo perdonaré sus infidelidades, los amaré aunque no lo merezcan” (Os 14,5).

El arrepentimiento desemboca en la conversión, porque lleva a la persona a cambiar de perspectiva y mirar a Cristo como Alguien que es capaz de transformarla. Y es que en realidad, Cristo, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo del hombre, es el Evangelio viviente, el auténtico sacramento de la conversión. Es el profeta que desenmascara nuestra alienación y nos conduce a la verdad y a la reconciliación. Es la alianza, la solidaridad salvadora, el único camino a la libertad frente a la solidaridad con y en el pecado. Como lo expresa Bernard Häring: “Cristo ha enviado a su Espíritu para que renueve los corazones de las personas y la faz de la tierra, para hacer una creación nueva”.

Convertirse implica la totalidad del ser humano en sus relaciones fundamentales: Dios, hombre/mujer, mundo-historia. Es mucho más que el cumplimiento de mandamientos. Es seguir a Cristo y es capacidad de liberación del no-compromiso. Conversión es aceptar la reconciliación obrada por Dios. Es gratitud e incitativa creadora de Dios en el ser humano. Es el querer conformarse con Cristo Muerto y Resucitado. Es reconocer que Cristo es capaz de liberarnos de la solidaridad en el pecado.

Conversión es abandonar lo que realmente no nos llena y volver hacia Cristo y su propuesta de salvación. Personalmente llega a decir el Señor, siguiendo la letra de un canto de san Alfonso: “Vuelve hijo mío, vuelve, vuelve a tu Padre amante. ¡Ay, cuánto, a cada instante, he llorado por ti!”. Y es que, junto con san Alfonso, el Redentorista percibe la conversión con una nota dramática y trágica, porque es horror y espanto ante el pecado y ante el menosprecio por el amor de Dios. Sin embargo, también tiene un aspecto positivo: es capacidad para rehacerse a sí mismo porque Dios aún en esta situación, continúa presente. Y con este dramatismo, hemos de reconocer a Dios como Señor de la vida y de la historia y hemos de volvernos hacia Él.

Conversión es entrega total a Dios que toma carne en Jesús de Nazaret, que ha venido a ser el servidor de la humanidad. Por eso, la conversión fortalece el deseo de hacernos disponibles para el servicio de los demás. De esta manera, a la luz de nuestro resquebrajamiento interior, la conversión es una entrega que se refiere no a un final, sino al comienzo de un proceso –que es el que la Misión Redentorista quiere iniciar–. En este sentido, no es suficiente que nos hayamos convertido por un momento, más bien, continuamente somos convertidos, sobre todo en un encuentro especial: cuando nos volcamos a la/el pobre y a los demás, porque es identificación con Cristo que es Pobre.

Ahora bien, la centralidad, la raíz profunda y el sentido de la conversión está en el amor. Y esto, sencillamente porque el amor es la clave de la santidad, ya que, como dice san Alfonso en la Práctica del amor a Jesucristo: «toda la santidad y la perfección del alma consiste en amar a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro salvador. “Quien ama –dice Jesús– será amado de mi Padre, y yo le amaré” (Jn 14,21)… Escribe el Apóstol: “Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es vínculo de perfección” (Col 3,14). La caridad es la que une y mantiene todas las virtudes que hacen al hombre perfecto». Por eso, para san Alfonso, la verdadera conversión debe desembocar en el amor. Y llevar el amor es el objetivo de la misión alfonsiana-redentorista, especialmente porque solo el amor es fuente de vida cristiana y de perseverancia.El arrepentimiento y la conversión a Cristo deben de llevar al pecador perdonado a transformar completamente su vida. La Misión Redentorista nos propone un nuevo estilo de vida: ¿Cuál es? ¿En qué consiste?... Este nuevo estilo de vida, fruto de la conversión y el arrepentimiento, lo reflexionaremos en la siguiente entrega.

Por Aarón Eugenio Moreno del Villar, C.Ss.R

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 
 

Congregación del Santísimo Redentor, Provincia de México . 2009.